De Europa y de la educación

¿Queremos ser Europa? ¿Es ahora el toro blanco que nos ha secuestrado, como hizo Zeus, pero sin amor de por medio? ¿Existe una cultura europea que pueda vertebrar la mal llamada Comunidad Europea?

Estas y otras preguntas son pertinentes ahora, aunque ya lo fueron hace muchos años, cuando se gestaba este embrollo de la Comunidad Europea, los marcos comunes, los parlamentos y toda la retaíla que recibimos cada día, si es que estamos un poco conectados (es irónico que use esta palabra) a lo que nos rodea, más allá del entorno más cercano. No es que quiera hablar de ello por las próximas elecciones europeas (aunque esté relacionado, tendríamos que hablar de ello en otra entrada): aunque estemos metidos de lleno, creo que se percibe Europa como algo que aunque nos toca, no queda lejano. Esta lejanía y su consecuente ignorancia o conocimiento vago puede ser una causa de discursos hacia una dirección u otra en cuanto a pertenecer a esta comunidad. La cuestión es que quien diga que no debemos estar dirá que deciden por nosotros pero sin nosotros, mientras que quien quiera decirnos que debemos estar dirá que fuera de Europa hay la Nada (como dijo Cospedal, pero cambiando Europa por el PP). Es la misma manera del quehacer democrático que el que vemos a diario por aquí, de la misma manera que el ideal francés del despotismo ilustrado decía “para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Hace años escuché una frase pertinente: “Napoleón intentó lo mismo hace años y fracasó”. En la cuna de la historiografía parece irónico, si tomamos como veraz esta afirmación sobre el francés, que no aprendamos sobre nuestra propia historia (en realidad cada día hay más ejemplos de ello). ¿Por qué esta Europa unida? Me da la impresión que esta Europa responde a intereses meramente económicos. Lo demás, la cultura europea, la unión de los pueblos y, en realidad, poco más, es un añadido, que vende bien la moto, como quien dice. No conozco a nadie, ni jamás he oído a alguien decir, excepto cuando se trata de algún político o representante, o un ciudadano que está en otro continente, decir que es europeo de la misma manera que, en el otro extremo, está la rapidez identitaria de “soy americano” (identidad que, efectivamente, toma la parte por el todo, como si América fuera sólo Norteamérica, o en sentido inverso, como si no hubiera nada más que Norteamérica). Lo que pretendo decir es que estamos en una Unión Europea que sólo puede ser económica, por eso hay tanta disparidad.

Esto último quisiera matizarlo. Es inevitable la diferencia, elemento que quizá sea más común que la identicidad. A lo que estoy haciendo referencia es a que en lugar de crear un espacio común en el que un ciudadano comparta con otro de otro país algo más que una moneda que nos va arruinar (más aun), pueda compartir otras cosas. Forzar una unión por intereses económicos no me tiene más sentido que el de perder el culo por quienes llevan la voz cantante en lugar de arreglar lo que hay en casa, para luego, además, convertirse en un país no tan rico pero sí menos pobre que el siguiente que va a entrar, olvidando que una vez fue el patito feo. Cuando llega Rumanía o Bulgaria nos olvidamos de cuando se nos daban más fondos a nosotros en lugar de aportar más. La verdad es que las estructuras se repiten a diferentes niveles: lloran los dirigentes por dar más y recibir menos cuando se tiene mucho, igual que la asociación de la patronal, que aumenta su beneficio, pide contención salarial y flexibilidad, palabras que merecen un aparte.

Lo que se cuece en Bruselas nos lo comemos aquí, por eso es importante saber de qué va la historia. No quería hacer demasiado hincapié en lo que fue o causó la UE, sólo hacer una referencia porque lo que me interesa es tener una postura en función de lo que pasa a día de hoy. Sucede que hay un menoscabo en las competencias de cada Estado, aunque en honor a la verdad, ese menoscabo es del todo sabido por los propios representantes del Estado (mi “representante” en Europa está ahí por mí. Volvemos al “todo para el pueblo pero sin el pueblo”). Ese es el primer punto. Defiendo que los dirigentes aceptan ese menoscabo por intereses, de la misma manera que se atribuyen “valentía y coraje” por aplicar tan severas restricciones y recortes en la sociedad por su propio bien y por su “sostenibilidad”. Bien. Segundo punto: la postura antes comentada de entrar siendo el patito feo y después poder dar lecciones sobre cisnes a los nuevos patitos feos. Olvidar de dónde viene uno es tan peligroso como fomentar el olvido. Tercer punto: ¿en qué situación ética y moral nos deja diferenciar entre ciudadanos de pleno derecho e individuos ilegales, sobretodo en nombre de Europa, la cuna de la Democracia, esa Democracia en mayúscula que se forja a golpe de imperialismo, represión y explotación, con la que se llenan tanto la boca nuestros dirigentes? Quiero decir que Alemania plantea expulsar a inmigrantes (¿se deberían llamar así los propios ciudadanos de esa Unión Europea y esa Comunidad Europea?) del mismo modo que ya lo hace Bélgica; España tirotea con pelotas de goma a personas que llegan desde países perdidos y empobrecidos por la propia Europa y levanta alambradas de varios metros de altura (olvidando el muro de Berlín y midiendo con doble rasero el muro israelita); se cercena la vida de millares de personas en diferentes países, ya sea porque no puede acceder a la sanidad, bien porque deja a generaciones enteras sin posibilidad de estudiar, bien porque directamente genera pobreza; se fomenta el discurso de la extrema derecha a causa de las políticas llevadas a cabo (Grecia y Francia son los claros ejemplos, pero España, Suecia, Holanda, Bélgica… también deberían ir con cuidado). En otras palabras: la libre circulación de personas es relativa a la economía: cuando va mal, se expulsa del país. Y en niveles intraestatales funciona igual: no hay economía y el ciudadano queda expulsado al paro de larga duración (implicaría en última instancia una expulsión de la propia sociedad y se convertiría en un indigente, ya ni siquiera un número) o a la forzosa emigración (ni siquiera recuerdo el eufemismo que usó la ministra Báñez para referirse a ella). Cuando los ciudadanos no son europeos directamente se internan y ya serán expulsado (eso si no tienen dinero, claro, porque entonces no son inmigrantes). La conclusión que podemos extraer es que se equipara a ciudadano con un recurso económico, en potencia, que es lo mismo que cuando nos referimos a los trabajadores como recursos humanos. Es interesante darle vueltas al significado y significante de recurso, es como algo que está ahí, disponible para explotarlo, esto es. actualizarlo. En esas estamos.

 

En otro orden de cosas, pues no quería dejarlo olvidado, y en el fondo tiene bastante relación con esto último sobre los recursos humanos, pensaba expresar algo sobre los resultados PISA del año pasado, resultados que como siempre, son fatales. Quería referenciar también algo al respecto de una entrevista que me pasó de nuevo desde Chacareando.

Habrá otra entrada al respecto de la educación en este contexto “comunitario” y “global” en mayor profundidad, pues merece una atención especial por cuanto se olvida el pasado, se niega el futuro y se modifica el presente (recordemos que “quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado”). El apunte se dirige a las pruebas PISA en las que se miden una serie de competencias (ya tardaba en salir la palabra) de un determinado grupo de estudiantes de cada país, que en realidad no es que mida exactamente qué sabemos ni de qué manera, sino que elabora una lista de resultados y los publica. El tema está en que las comparaciones son odiosas, sobretodo cuando están dirigidas. Hay resultados que indican que hay que mejorar la educación en todos los niveles (aunque no necesitamos informes y exámenes para saberlo, basta ver que cada legislatura se cambian las leyes educativas y los modelos), pero quizá nos alarman más cuando vemos que los resultados están por debajo de, pongamos como ejemplo, Portugal, país vecino sin mayor relevancia internacional (vaya, la misma que la nuestra), o que en matemáticas los resultados son inferiores que los de cualquier otro país sobre el que nuestra percepción no es tan buena como la que podamos tener de Finlandia o Suiza. En realidad, las pruebas PISA las realiza la OCDE, organización económica, lo cual no deja de resultarnos sorprendente, no en tanto que ellos hagan sus informes (que los haga quien quiera, por supuesto), sino por la importancia que desde todos los gobiernos se les da a los resultados. ¿Por qué no hacer unas pruebas coordinadas creadas en la Unión Europea, o si se quiere a mayor escala, en la ONU? Mecanismos para ello existen, otra historia es que se quiera o no hacer: es interesante ver cómo, de nuevo, confluye la “política” con el interés económico. Los resultados de los estudios que realiza esta organización para el desarrollo económico me son muy sospechosos de medir lo que interesa medir, hacer que la opinión pública se alarme al ver resultados que no son los esperables, y posibilitar una política educativa en línea con las directrices dadas desde este estamento: flexibilidad, competencias, adaptación al mundo laboral… Cabe pensar, y sólo lo planteo hasta otro análisis (cuando disponga de tiempo), cómo se mide de la misma manera aspectos educativos de diferentes países y con planes distintos, arrojando un “ranking” de los mejores y los “menos malos”. ¿El tipo de examen vale para todos? He estado haciendo el examen de problemas cotidianos, la versión test que puede hacer cualquiera, parece muy sencilla y creo que lo es. Como evalúa competencias me reservo varias críticas hasta saber más, pero por lo pronto creo que evaluar con el mismo método sistemas educativos diferentes genera un sesgo importante en los resultados (que no diré yo que sean objetivos), de alguna manera favoreciendo (o no) países occidentales u occidentalizados frente a otros. En fin, ya hablaremos en otro momento más sobre todo esto porque se nos iría de las manos y falta una base sobre la que hacerlo.

 

La última referencia viene al caso de la entrevista citada. Muy brevemente, como lo es la entrevista, pienso que deberíamos poner las cosas en su sitio, pero llevaría muchísimo tiempo: es algo que se debió hacer hace ya mucho. Es obvio que los tiempos cambian y todo debe ir acorde, SIEMPRE Y CUANDO las cosas vayan a, no a mejor, pero por lo menos sí a bien, si es que existe la expresión ir a bien. Quiero decir que nadie querría ir acorde a una situación mala o peor si se pueden hacer bien las cosas o si son mejorables. No voy a entrar ahora en un jardín en el que me pueda perder, confío en la gente (en mucha de ella) y sirva como ejemplo para lo que digo lo siguiente: pese a los recortes, un maestro o profesor no dirá “como me han recortado yo haré lo propio con las lecciones” o u médico “como me han quitado recursos, operaré mal a intencionalmente”. Con el “ir acorde a los tiempos” me refiero a este tipo de cosas. Y como decía, los tiempos han cambiado, pero no todo funciona acorde. A veces está bien, otras no. Así, mi opinión es que en el caso de la educación, el maestro o profesor se está convirtiendo en lo que en el ámbito se llama “mediador”. Muy rápidamente esto significa que hay todo el conocimiento disponible y hay estudiantes. El profesor media entre los dos, porque así el aprendizaje es significativo (se relaciona con lo conocido y se reelabora lo que ya se sabía añadiendo más conocimiento). En otras palabras, según mi parecer la figura del docente se desvaloriza, se desprestigia, y lo que es peor, el conocimiento se sitúa en una especie de pozo o vivero en el que uno va y dispone de él como una mercancía más (como los recursos humanos). No hay una dignidad del saber, hay datos. Un problema (hablo siempre desde mi humilde parecer) es que se plantea la solución a todos los problemas que tiene la educación con la alfabetización digital y la tecnología en las aulas, porque “motiva” al alumno (motivar es un concepto que encanta en la pedagogía, igual que la innovación. Habría que ver hasta qué nivel se puede motivar con algo como los ordenadores o tablets en una sociedad en la que es tan habitual vivir con ellas como llenar un vaso con agua del grifo). En última instancia, yo vaticino que en un tiempo un lápiz y papel resultarán más fascinantes a un niño que los móviles curvados o las pantallas retina.

En ese sentido creo que no debería irse acorde con los tiempos, al fin y al cabo la escuela y las universidades deberían servir para emancipar al sujeto, buscar su camino, y no reproducir estructuras sociales ni seguir creando remesas de recursos humanos. Supongo que eso lo tengo claro. Es algo más oscuro cómo articular todo el tema de la tan manida creatividad (con las connotaciones y conexiones que tiene con las estructuras del poder), con otro elemento que para mí es claro si se quieren cambiar las cosas: la relación escuela/formación con el mundo laboral debería invertirse: no es aquella la que tiene que adaptarse a ésta, sino al contrario. El mundo laboral debería depender absolutamente de la educación. En este aspecto es donde las “innovaciones”, “creatividades”, “protagonismos del alumnado” y un largo etcétera me producen más resistencia, porque pienso en otra forma de llamar a lo mismo, es decir, a ser más “eficientes” y más “preparados” a lo que nos depara el futuro, pero no el vital, sino el considerado como laboral, en el que no seremos más que otra mercancía más.

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