Competencias

La competencia interpersonal como habilidad de liderazgo, confianza, compromiso, gestión y un laaaaaargo blablabla que cada día tenemos más integrado en nuestro lenguaje cotidiano. De la misma manera que el propio concepto “competencia” tenga cada día tantos ámbitos como se le quieran dar (interpersonal, comunicativa, lingüística y lo que sea necesario).

Resulta que lo que se nos vende como competencia ni siquiera está aceptado aun en la RAE. Alguuna acepción del término permitiría una analogía lejana entre lo que nuestros diccionarios significan y lo que la viveza de una lengua natural posibilita: que viejos conceptos contengan nuevos significados y significantes. Por esta razón, la citada RAE, o cualquier diccionario alternativo que esté al tanto de los cambios producidos en el idioma, acabarán recogiendo estos nuevos significados.

Como decía, lo que decimos con competencia no es (o sí es, luego lo veremos) aquello tan bonito de ser capaz o ser válido, quizá por la experiencia adquirida o por una formación docente o personal bien rica. Lo que estamos diciendo cuando empleamos la palabra competencia remite mucho más a lo inherente al sistema sobre el que se construye nuestra sociedad: la lucha, la pugna, la rivalidad, el interés, la disputa, la contienda, la oposición. En este aspecto, cualquier atisbo de virtud en la valía personal se desdibuja y se obvia para convertirse en otra palabra estrella (también desvirtuada) de este mundo en que nos ha tocado vivir: la excelencia. Por eso, uno se harta de leer requisitos de “competencia en tal” o “competencia en cual” cuando se busca un empleo. Porque no se trata de valer por sí mismo, si no por lo que puede hacer valer a aquello que hace, sin que sea suyo propio. Aunque parece enrevesado, es algo sencillo: antes éramos obreros, trabajadores. Luego fuimos recursos humanos. Ahora ya somos activos, borrando el signo humano de la relación que nos ofrece al trabajar, y no sólo eso, además se nos cosifica porque tenemos que diseñar y elaborar la marca propia (sic), ¡¡como si fuésemos nosotros, los que queremos trabajar y no podemos (y también los que lo han conseguido) los que vamos a contratar a aquel que nos va a contratar!!

Es un mundo de locos.

Ahora tenemos que ser competentes, como si antes nunca se hubiera trabajado bien. Hay que adaptar nuestra acción humana a este lenguaje, en lugar de adaptar el lenguaje a nuestra acción. Pero lo peor no es esto, aunque no sea poco: uno es grandecito para saber si quiere jugar o no a este juego, y una vez dentro, más o menos puede controlar este desbordamiento lingüístico. Pero cuando se aplica a la infancia y a la escuela, entonces sí que estamos ante un problema (aun más) gordo.

En mis tiempos uno era buen o mal estudiante, le gustaba o no, y se podía esforzar o no. Ahora eres competente o no lo eres, y en todas sus dimensiones: no eres competente lingüísticamente, como si no nos comprendiéramos; no eres interpersonalmente competente: no sabes relacionarte, como si hubiese una manera única y general para todos para relacionarnos (máxime cuando estamos en la era Facebook y Twitter, soportes mal llamados sociales); y así en cualquier ámbito. Por si los TDA y TDAH fueran insuficientes, está la competencia y la incompetencia para asegurar el mecanismo y resultado de ese gran peligro que antes comentaba: ¿alguien es tan cándido para pensar que el “crecimiento” y el “progreso” son tendencias infinitas en un espacio finito? Cuando el espacio físico finito se agota se pasa al siguiente espacio, el social, de ahí que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. La ilusión de movilidad social, es decir, de poder “mejorar” la vida que tenemos o que nos ha tocado, es en cierta parte real (de alguna manera, aunque sea ínfima, podemos mejorar nuestra vida, aunque quizá lo esté diciendo en el peor de los casos posibles), pero también es una manera de sustentar la desigualdad en la que se basa este crecimiento. SI crecemos es sobre otros que decrecen. Volviendo al espacio físico finito, los recursos se agotan o ya no quedan recursos libres para explotar (están todos “ocupados”). Después vienen los recursos humanos también citados. Una vez está todo ello explotado, habrá que explotar el propio espacio social, creando esas competencias, la famosa flexibilidad y la competitividad (vemos que también se han convertido en clichés sin demasiado significado de la cantidad de veces que escuchamos esas palabras al cabo del día). Asegurar que se pueda explotar ese espacio social pasa por crear masas de individuos competentes en lo que tienen que ser competentes.

Deberíamos pensar bien la relación y la conexión que queremos entre la educación de nuestros hijos y jóvenes y el mercado laboral (mercado, como si fuésemos mercancías -que lo somos-), de manera que podamos decidir qué futuro queremos y no recibir el presente que quieren.

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