De Europa y de la educación

¿Queremos ser Europa? ¿Es ahora el toro blanco que nos ha secuestrado, como hizo Zeus, pero sin amor de por medio? ¿Existe una cultura europea que pueda vertebrar la mal llamada Comunidad Europea?

Estas y otras preguntas son pertinentes ahora, aunque ya lo fueron hace muchos años, cuando se gestaba este embrollo de la Comunidad Europea, los marcos comunes, los parlamentos y toda la retaíla que recibimos cada día, si es que estamos un poco conectados (es irónico que use esta palabra) a lo que nos rodea, más allá del entorno más cercano. No es que quiera hablar de ello por las próximas elecciones europeas (aunque esté relacionado, tendríamos que hablar de ello en otra entrada): aunque estemos metidos de lleno, creo que se percibe Europa como algo que aunque nos toca, no queda lejano. Esta lejanía y su consecuente ignorancia o conocimiento vago puede ser una causa de discursos hacia una dirección u otra en cuanto a pertenecer a esta comunidad. La cuestión es que quien diga que no debemos estar dirá que deciden por nosotros pero sin nosotros, mientras que quien quiera decirnos que debemos estar dirá que fuera de Europa hay la Nada (como dijo Cospedal, pero cambiando Europa por el PP). Es la misma manera del quehacer democrático que el que vemos a diario por aquí, de la misma manera que el ideal francés del despotismo ilustrado decía “para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Hace años escuché una frase pertinente: “Napoleón intentó lo mismo hace años y fracasó”. En la cuna de la historiografía parece irónico, si tomamos como veraz esta afirmación sobre el francés, que no aprendamos sobre nuestra propia historia (en realidad cada día hay más ejemplos de ello). ¿Por qué esta Europa unida? Me da la impresión que esta Europa responde a intereses meramente económicos. Lo demás, la cultura europea, la unión de los pueblos y, en realidad, poco más, es un añadido, que vende bien la moto, como quien dice. No conozco a nadie, ni jamás he oído a alguien decir, excepto cuando se trata de algún político o representante, o un ciudadano que está en otro continente, decir que es europeo de la misma manera que, en el otro extremo, está la rapidez identitaria de “soy americano” (identidad que, efectivamente, toma la parte por el todo, como si América fuera sólo Norteamérica, o en sentido inverso, como si no hubiera nada más que Norteamérica). Lo que pretendo decir es que estamos en una Unión Europea que sólo puede ser económica, por eso hay tanta disparidad.

Esto último quisiera matizarlo. Es inevitable la diferencia, elemento que quizá sea más común que la identicidad. A lo que estoy haciendo referencia es a que en lugar de crear un espacio común en el que un ciudadano comparta con otro de otro país algo más que una moneda que nos va arruinar (más aun), pueda compartir otras cosas. Forzar una unión por intereses económicos no me tiene más sentido que el de perder el culo por quienes llevan la voz cantante en lugar de arreglar lo que hay en casa, para luego, además, convertirse en un país no tan rico pero sí menos pobre que el siguiente que va a entrar, olvidando que una vez fue el patito feo. Cuando llega Rumanía o Bulgaria nos olvidamos de cuando se nos daban más fondos a nosotros en lugar de aportar más. La verdad es que las estructuras se repiten a diferentes niveles: lloran los dirigentes por dar más y recibir menos cuando se tiene mucho, igual que la asociación de la patronal, que aumenta su beneficio, pide contención salarial y flexibilidad, palabras que merecen un aparte.

Lo que se cuece en Bruselas nos lo comemos aquí, por eso es importante saber de qué va la historia. No quería hacer demasiado hincapié en lo que fue o causó la UE, sólo hacer una referencia porque lo que me interesa es tener una postura en función de lo que pasa a día de hoy. Sucede que hay un menoscabo en las competencias de cada Estado, aunque en honor a la verdad, ese menoscabo es del todo sabido por los propios representantes del Estado (mi “representante” en Europa está ahí por mí. Volvemos al “todo para el pueblo pero sin el pueblo”). Ese es el primer punto. Defiendo que los dirigentes aceptan ese menoscabo por intereses, de la misma manera que se atribuyen “valentía y coraje” por aplicar tan severas restricciones y recortes en la sociedad por su propio bien y por su “sostenibilidad”. Bien. Segundo punto: la postura antes comentada de entrar siendo el patito feo y después poder dar lecciones sobre cisnes a los nuevos patitos feos. Olvidar de dónde viene uno es tan peligroso como fomentar el olvido. Tercer punto: ¿en qué situación ética y moral nos deja diferenciar entre ciudadanos de pleno derecho e individuos ilegales, sobretodo en nombre de Europa, la cuna de la Democracia, esa Democracia en mayúscula que se forja a golpe de imperialismo, represión y explotación, con la que se llenan tanto la boca nuestros dirigentes? Quiero decir que Alemania plantea expulsar a inmigrantes (¿se deberían llamar así los propios ciudadanos de esa Unión Europea y esa Comunidad Europea?) del mismo modo que ya lo hace Bélgica; España tirotea con pelotas de goma a personas que llegan desde países perdidos y empobrecidos por la propia Europa y levanta alambradas de varios metros de altura (olvidando el muro de Berlín y midiendo con doble rasero el muro israelita); se cercena la vida de millares de personas en diferentes países, ya sea porque no puede acceder a la sanidad, bien porque deja a generaciones enteras sin posibilidad de estudiar, bien porque directamente genera pobreza; se fomenta el discurso de la extrema derecha a causa de las políticas llevadas a cabo (Grecia y Francia son los claros ejemplos, pero España, Suecia, Holanda, Bélgica… también deberían ir con cuidado). En otras palabras: la libre circulación de personas es relativa a la economía: cuando va mal, se expulsa del país. Y en niveles intraestatales funciona igual: no hay economía y el ciudadano queda expulsado al paro de larga duración (implicaría en última instancia una expulsión de la propia sociedad y se convertiría en un indigente, ya ni siquiera un número) o a la forzosa emigración (ni siquiera recuerdo el eufemismo que usó la ministra Báñez para referirse a ella). Cuando los ciudadanos no son europeos directamente se internan y ya serán expulsado (eso si no tienen dinero, claro, porque entonces no son inmigrantes). La conclusión que podemos extraer es que se equipara a ciudadano con un recurso económico, en potencia, que es lo mismo que cuando nos referimos a los trabajadores como recursos humanos. Es interesante darle vueltas al significado y significante de recurso, es como algo que está ahí, disponible para explotarlo, esto es. actualizarlo. En esas estamos.

 

En otro orden de cosas, pues no quería dejarlo olvidado, y en el fondo tiene bastante relación con esto último sobre los recursos humanos, pensaba expresar algo sobre los resultados PISA del año pasado, resultados que como siempre, son fatales. Quería referenciar también algo al respecto de una entrevista que me pasó de nuevo desde Chacareando.

Habrá otra entrada al respecto de la educación en este contexto “comunitario” y “global” en mayor profundidad, pues merece una atención especial por cuanto se olvida el pasado, se niega el futuro y se modifica el presente (recordemos que “quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado”). El apunte se dirige a las pruebas PISA en las que se miden una serie de competencias (ya tardaba en salir la palabra) de un determinado grupo de estudiantes de cada país, que en realidad no es que mida exactamente qué sabemos ni de qué manera, sino que elabora una lista de resultados y los publica. El tema está en que las comparaciones son odiosas, sobretodo cuando están dirigidas. Hay resultados que indican que hay que mejorar la educación en todos los niveles (aunque no necesitamos informes y exámenes para saberlo, basta ver que cada legislatura se cambian las leyes educativas y los modelos), pero quizá nos alarman más cuando vemos que los resultados están por debajo de, pongamos como ejemplo, Portugal, país vecino sin mayor relevancia internacional (vaya, la misma que la nuestra), o que en matemáticas los resultados son inferiores que los de cualquier otro país sobre el que nuestra percepción no es tan buena como la que podamos tener de Finlandia o Suiza. En realidad, las pruebas PISA las realiza la OCDE, organización económica, lo cual no deja de resultarnos sorprendente, no en tanto que ellos hagan sus informes (que los haga quien quiera, por supuesto), sino por la importancia que desde todos los gobiernos se les da a los resultados. ¿Por qué no hacer unas pruebas coordinadas creadas en la Unión Europea, o si se quiere a mayor escala, en la ONU? Mecanismos para ello existen, otra historia es que se quiera o no hacer: es interesante ver cómo, de nuevo, confluye la “política” con el interés económico. Los resultados de los estudios que realiza esta organización para el desarrollo económico me son muy sospechosos de medir lo que interesa medir, hacer que la opinión pública se alarme al ver resultados que no son los esperables, y posibilitar una política educativa en línea con las directrices dadas desde este estamento: flexibilidad, competencias, adaptación al mundo laboral… Cabe pensar, y sólo lo planteo hasta otro análisis (cuando disponga de tiempo), cómo se mide de la misma manera aspectos educativos de diferentes países y con planes distintos, arrojando un “ranking” de los mejores y los “menos malos”. ¿El tipo de examen vale para todos? He estado haciendo el examen de problemas cotidianos, la versión test que puede hacer cualquiera, parece muy sencilla y creo que lo es. Como evalúa competencias me reservo varias críticas hasta saber más, pero por lo pronto creo que evaluar con el mismo método sistemas educativos diferentes genera un sesgo importante en los resultados (que no diré yo que sean objetivos), de alguna manera favoreciendo (o no) países occidentales u occidentalizados frente a otros. En fin, ya hablaremos en otro momento más sobre todo esto porque se nos iría de las manos y falta una base sobre la que hacerlo.

 

La última referencia viene al caso de la entrevista citada. Muy brevemente, como lo es la entrevista, pienso que deberíamos poner las cosas en su sitio, pero llevaría muchísimo tiempo: es algo que se debió hacer hace ya mucho. Es obvio que los tiempos cambian y todo debe ir acorde, SIEMPRE Y CUANDO las cosas vayan a, no a mejor, pero por lo menos sí a bien, si es que existe la expresión ir a bien. Quiero decir que nadie querría ir acorde a una situación mala o peor si se pueden hacer bien las cosas o si son mejorables. No voy a entrar ahora en un jardín en el que me pueda perder, confío en la gente (en mucha de ella) y sirva como ejemplo para lo que digo lo siguiente: pese a los recortes, un maestro o profesor no dirá “como me han recortado yo haré lo propio con las lecciones” o u médico “como me han quitado recursos, operaré mal a intencionalmente”. Con el “ir acorde a los tiempos” me refiero a este tipo de cosas. Y como decía, los tiempos han cambiado, pero no todo funciona acorde. A veces está bien, otras no. Así, mi opinión es que en el caso de la educación, el maestro o profesor se está convirtiendo en lo que en el ámbito se llama “mediador”. Muy rápidamente esto significa que hay todo el conocimiento disponible y hay estudiantes. El profesor media entre los dos, porque así el aprendizaje es significativo (se relaciona con lo conocido y se reelabora lo que ya se sabía añadiendo más conocimiento). En otras palabras, según mi parecer la figura del docente se desvaloriza, se desprestigia, y lo que es peor, el conocimiento se sitúa en una especie de pozo o vivero en el que uno va y dispone de él como una mercancía más (como los recursos humanos). No hay una dignidad del saber, hay datos. Un problema (hablo siempre desde mi humilde parecer) es que se plantea la solución a todos los problemas que tiene la educación con la alfabetización digital y la tecnología en las aulas, porque “motiva” al alumno (motivar es un concepto que encanta en la pedagogía, igual que la innovación. Habría que ver hasta qué nivel se puede motivar con algo como los ordenadores o tablets en una sociedad en la que es tan habitual vivir con ellas como llenar un vaso con agua del grifo). En última instancia, yo vaticino que en un tiempo un lápiz y papel resultarán más fascinantes a un niño que los móviles curvados o las pantallas retina.

En ese sentido creo que no debería irse acorde con los tiempos, al fin y al cabo la escuela y las universidades deberían servir para emancipar al sujeto, buscar su camino, y no reproducir estructuras sociales ni seguir creando remesas de recursos humanos. Supongo que eso lo tengo claro. Es algo más oscuro cómo articular todo el tema de la tan manida creatividad (con las connotaciones y conexiones que tiene con las estructuras del poder), con otro elemento que para mí es claro si se quieren cambiar las cosas: la relación escuela/formación con el mundo laboral debería invertirse: no es aquella la que tiene que adaptarse a ésta, sino al contrario. El mundo laboral debería depender absolutamente de la educación. En este aspecto es donde las “innovaciones”, “creatividades”, “protagonismos del alumnado” y un largo etcétera me producen más resistencia, porque pienso en otra forma de llamar a lo mismo, es decir, a ser más “eficientes” y más “preparados” a lo que nos depara el futuro, pero no el vital, sino el considerado como laboral, en el que no seremos más que otra mercancía más.

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¿El fin de Internet?

Mi buen amigo me ha pasado este enlace que habla de una posible caída de Internet, con los consecuentes problemas que conllevaría. En este caso, Dan Dennett, filósofo y por lo tanto compinche mío, alerta de un colapso y una oleada de pánico entre la muchedumbre ávida de datos y entretenimiento electrónico. Para evitar semejante desenlace, advierte de la necesidad de crear un “bote salvavidas”.

Aunque el artículo es breve y superficial (imagino que por los reducidos espacios que el pensamiento puede ocupar), podemos rascar algo y plantear cuestiones… por ejemplo, la que más me acucia es la de ¿por qué iba a caer la Red? Creo más fácil limitarla de manera que cualquier movimiento crítico o contrario a lo “establecido” (véase gobiernos, leyes intelectuales, espionaje, etc.) o en otras palabras, cualquier tipo de activismo, se vea imposibilitado cuando quiera hacerse oír y ver de manera “pública”. La modificación del pensamiento y del esfuerzo que ha conllevado el uso masivo de las TIC, lugar en el que disponemos de todo el conocimiento a un click de distancia pero que no somos capaces de hacer, seguro que hace que dejemos a un lado las formas de aprender a usar VPNs, puertas traseras o investigar en la Deep Web (no estoy seguro que se llame así) para llegar a ese lugar “proscrito” en el que el activismo virtual podría actuar de la misma manera a como se hace en la web pública.

En la misma línea, el poder establecido es quien más necesita de un elemento como Internet, del mismo modo que de manera más local es necesario el fútbol (extendible al deporte rey de cada lugar), los escándalos que desvían la atención o movimientos más o menos grandes de oposición en los que aglutinar y, así, controlar aquellos elementos que deben ser controlados. Dicho de otro modo, Internet en parte se sustenta gracias a poderes y gobiernos que están interesados en el ejercicio del dominio, hablando en lo que popularmente se conoce como maquiavelismo.

 

La segunda cuestión que puede surgir es el asunto del tejido social que puede servir como bote salvavidas. En este caso, considero que no es que estén destruidas las antiguas asociaciones, sino que han pasado a organizarse de otra manera. Baste echar un vistazo a las diferentes mareas que han surgido desde la aparición de la crisis, especialmente la Marea Blanca de Madrid. Parece que un objetivo ético y no caprichoso puede aglutinar a un grupo más o menos grande de personas dispuestas a lograrlo. Internet facilita la coordinación, pero no condiciona su existencia. Ahora bien, existe la posibilidad de la voracidad por el poder. Echemos un vistazo a Ensayo sobre la ceguera en la que queda bien reflejado esta dicotomía entre la organización posible y colaborativa y la organización ávida de poder. En cualquier caso, y sin buscar polémicas, aunque vayamos de cabeza a ese estado de cosas (paranoia, sociedad del miedo, desconfianza, estado policial, ley de seguridad ciudadana planeando), aun no nos encontramos en el nivel de Estados Unidos.

 

La tercera cuestión es la siguiente: ¿qué ha sucedido para que la cultura “supere” el mero darwinismo para acelerarse tanto? Dennet habla de la tecnología como catalizador de este cambio, pero quizá habría que matizar algunas cosas… por ejemplo que este tipo de revolución de alguna manera se dio con el invento del vapor, o con el invento de la imprenta, o con la agricultura… y también habría que analizar hasta qué punto este cambio se da a nivel global o, por el contrario, en espacios más focalizados: sociedades occidentales u occidentalizadas. Me parece que hablar de la diferencia que supondría a un habitante del Chad dejar de tener Internet es hasta de mal gusto. Y sin ir tan lejos, hay capas de nuestra propia sociedad “rica” que no pueden pensar en acceder a la Red.

Lo que quiero plantear es que a lo largo de la historia hemos tenido otros cambios que han supuesto una casi ruptura con su pasado inmediato, pero no por ello ha colapsado la sociedad en los términos que parece que aquí se presentan. Sin embargo, existe una diferencia que considero crucial: la técnica, desde su aparición, ha supuesto grandes cambios en la relación sociedad/naturaleza, pero la técnica tecnológica “moderna” ha ido pareja a una creación de necesidades y al desarrollo de la obsolescencia programada en estrecha relación con el concepto de progreso infinito. Como hoy estoy ilustrando las reflexiones con ejemplos, pondré a modo de ídem el mundo Apple, especialmente los iPhone y la urgencia de sus propietarios en estar a la última.

¿Es necesario todo esto? ¿Necesitamos el último móvil, la domótica, que podamos comprar sin salir de casa, hoteles conectados, coches conectados, mercados conectados, ciudades conectadas? Quizá habría que replantear lo que es esa conexión y ajustar algún tipo de código deontológico para los fabricantes de este tipo de artilugios, porque en este caso sí estamos en una relación de esclavos respecto la tecnología.

 

Pero claro, el conocimiento sólo es válido si genera dinero. ¿Cómo crear un código deontológico para este tipo de conocimiento?

 

 

La riqueza de la realidad

¿Es la Realidad insuficiente? ¿O por el contrario es demasiado rica y no la comprehendemos? ¿Qué se nos escapa?

Hace unos años me llamó la atención un anuncio de un marco electrónico (¿qué pensaría Benjamin con toda la digitalización?) cuyo lema era algo así como “para estar conectado las 24 horas”, pues tenía, además de las funciones que le son propias, wi-fi y bluetooth. ¿Por qué querríamos este aparato? No entiendo de qué manera nos puede conectar un marco electrónico, aunque la cuestión fundamental que me planteé fue “¿conectados a QUÉ?”.

Con el pasar de los años, este tipo de cosas ya no nos hacen arquear la ceja y además creo que apenas las podemos encontrar. Ya hemos asimilado que somos un mundo conectado. Pero la pregunta sigue vigente: ¿a qué estamos conectados? Obviamente estamos conectados a la red (¡la red! La telaraña más bien) a través de ordenadores, tabletas y teléfonos móviles (a los que me niego a llamar smartphones o inteligentes), pero también marcos de fotos, como hemos visto y hasta coches. En la anterior entrada hice una referencia a las redes sociales, elemento muy básico en este asunto. Se nos ha extrapolado las funciones de los aparatos electrónicos con las funciones de estas redes sociales, del mismo modo que se pretende equiparar las redes sociales a la socialización humana, comprendida ésta en su sentido fuerte, es decir: nos vemos físicamente, nos podemos tocar, nos encontramos en un lugar existente y no cibernético. Decía que estamos conectados a la red, pero sin soslayar las muchas cosas positivas que tiene, ¿no estamos conectados a algo que no es real, que no existe, que es una quimera? Entramos en un mundo virtual, irreal, que suele acomodarse a aquello que queremos atribuir, a una especie de Otro idealizado, pero sin la posibilidad de que esa idealización se destruya, como pasa en la realidad física… Mi memoria se oxida y lo que voy a decir a continuación no debe tomarse literalmente (lo voy a decir simplificando mucho): una de las concepciones que se le da a la realidad física es que es algo así como un constructo racional de nuestra mente. Si partimos de ahí (de nuevo, si mi memoria no me traiciona,  creo que salvando las distancias me aproximo a la postura de Žižek) tenemos una realidad que ya está interpretada a la que se le añade una capa más, interpretada e interpretable.

Bueno, en resumidas cuentas, porque tengo mis propias ideas al respecto pero no tengo la capacidad de poner en claro orden sistemático mi pensamiento, la idea es que apenas comprendemos la realidad física, no en su sentido material, si no en un sentido más social, si se quiere (interpersonal, relaciones de poder, situación del individuo en el mundo), como para que además tengamos otra capa de realidad que se nos adapta perfectamente a nuestros contornos, pero que no deja transpirar la piel (y mucho menos el pensamiento). Como el Estado Piel de Ortega, pero en sentido negativo. Creo que estamos ofuscados con esa conexión que tenemos por todos lados, que amplía la larga tradición de crear necesidades innecesarias propia del sistema que tenemos a través de la técnica, y que, en última instancia, desvía la atención de lo que realmente la merece o desvirtúa la acción política (entendiendo político como espacio público). Parece que el capitalismo, al desplegarse, conlleve también una serie de comportamientos que, sin darse cuenta, apunten a la consecución de sus propios objetivos (las crisis cíclicas que “purgan” los elementos innecesarios para seguir desarrollándose, por ejemplo).

En fin, no deberíamos olvidar que la vida se vive y, por mucho que haya a quien le pese, la vida se abre camino siempre. La vida es real, tiene una parte física, existente, que no está en una red. Hace dos semanas salí a la calle y me di cuenta de la cantidad de almendros en flor que había. Antes eran sólo árboles.

Competencias

La competencia interpersonal como habilidad de liderazgo, confianza, compromiso, gestión y un laaaaaargo blablabla que cada día tenemos más integrado en nuestro lenguaje cotidiano. De la misma manera que el propio concepto “competencia” tenga cada día tantos ámbitos como se le quieran dar (interpersonal, comunicativa, lingüística y lo que sea necesario).

Resulta que lo que se nos vende como competencia ni siquiera está aceptado aun en la RAE. Alguuna acepción del término permitiría una analogía lejana entre lo que nuestros diccionarios significan y lo que la viveza de una lengua natural posibilita: que viejos conceptos contengan nuevos significados y significantes. Por esta razón, la citada RAE, o cualquier diccionario alternativo que esté al tanto de los cambios producidos en el idioma, acabarán recogiendo estos nuevos significados.

Como decía, lo que decimos con competencia no es (o sí es, luego lo veremos) aquello tan bonito de ser capaz o ser válido, quizá por la experiencia adquirida o por una formación docente o personal bien rica. Lo que estamos diciendo cuando empleamos la palabra competencia remite mucho más a lo inherente al sistema sobre el que se construye nuestra sociedad: la lucha, la pugna, la rivalidad, el interés, la disputa, la contienda, la oposición. En este aspecto, cualquier atisbo de virtud en la valía personal se desdibuja y se obvia para convertirse en otra palabra estrella (también desvirtuada) de este mundo en que nos ha tocado vivir: la excelencia. Por eso, uno se harta de leer requisitos de “competencia en tal” o “competencia en cual” cuando se busca un empleo. Porque no se trata de valer por sí mismo, si no por lo que puede hacer valer a aquello que hace, sin que sea suyo propio. Aunque parece enrevesado, es algo sencillo: antes éramos obreros, trabajadores. Luego fuimos recursos humanos. Ahora ya somos activos, borrando el signo humano de la relación que nos ofrece al trabajar, y no sólo eso, además se nos cosifica porque tenemos que diseñar y elaborar la marca propia (sic), ¡¡como si fuésemos nosotros, los que queremos trabajar y no podemos (y también los que lo han conseguido) los que vamos a contratar a aquel que nos va a contratar!!

Es un mundo de locos.

Ahora tenemos que ser competentes, como si antes nunca se hubiera trabajado bien. Hay que adaptar nuestra acción humana a este lenguaje, en lugar de adaptar el lenguaje a nuestra acción. Pero lo peor no es esto, aunque no sea poco: uno es grandecito para saber si quiere jugar o no a este juego, y una vez dentro, más o menos puede controlar este desbordamiento lingüístico. Pero cuando se aplica a la infancia y a la escuela, entonces sí que estamos ante un problema (aun más) gordo.

En mis tiempos uno era buen o mal estudiante, le gustaba o no, y se podía esforzar o no. Ahora eres competente o no lo eres, y en todas sus dimensiones: no eres competente lingüísticamente, como si no nos comprendiéramos; no eres interpersonalmente competente: no sabes relacionarte, como si hubiese una manera única y general para todos para relacionarnos (máxime cuando estamos en la era Facebook y Twitter, soportes mal llamados sociales); y así en cualquier ámbito. Por si los TDA y TDAH fueran insuficientes, está la competencia y la incompetencia para asegurar el mecanismo y resultado de ese gran peligro que antes comentaba: ¿alguien es tan cándido para pensar que el “crecimiento” y el “progreso” son tendencias infinitas en un espacio finito? Cuando el espacio físico finito se agota se pasa al siguiente espacio, el social, de ahí que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. La ilusión de movilidad social, es decir, de poder “mejorar” la vida que tenemos o que nos ha tocado, es en cierta parte real (de alguna manera, aunque sea ínfima, podemos mejorar nuestra vida, aunque quizá lo esté diciendo en el peor de los casos posibles), pero también es una manera de sustentar la desigualdad en la que se basa este crecimiento. SI crecemos es sobre otros que decrecen. Volviendo al espacio físico finito, los recursos se agotan o ya no quedan recursos libres para explotar (están todos “ocupados”). Después vienen los recursos humanos también citados. Una vez está todo ello explotado, habrá que explotar el propio espacio social, creando esas competencias, la famosa flexibilidad y la competitividad (vemos que también se han convertido en clichés sin demasiado significado de la cantidad de veces que escuchamos esas palabras al cabo del día). Asegurar que se pueda explotar ese espacio social pasa por crear masas de individuos competentes en lo que tienen que ser competentes.

Deberíamos pensar bien la relación y la conexión que queremos entre la educación de nuestros hijos y jóvenes y el mercado laboral (mercado, como si fuésemos mercancías -que lo somos-), de manera que podamos decidir qué futuro queremos y no recibir el presente que quieren.